"Lo escribí yo, solo usé la IA para pulirlo." ¿Y eso qué significa exactamente?
Es la pregunta que más recibimos. Y es una pregunta justa.
Un autor escribe su novela durante dos años. La trabaja, la reescribe, la sufre. Antes de mandarla a la editorial, le pide a ChatGPT que le corrija algunas frases que no terminan de sonar bien. ¿Eso es un libro escrito por IA? Evidentemente no. ¿Debería perder el sello de autoría humana por eso? Tampoco parece razonable.
Pero luego está el otro extremo. El autor que genera un capítulo entero con IA cuando se queda bloqueado. O el que usa la IA para reescribir párrafos completos que “no le convencían”. O el que, siendo honesto, escribió el esquema y dejó que la máquina rellenara el resto. ¿Eso sigue siendo su libro?
La respuesta incómoda es que no existe una línea clara. Y cualquiera que te diga que sí la tiene está simplificando un problema que es genuinamente complejo.
Lo que sí podemos hacer, y lo que hacemos en Liberitas, es detectar en qué proporción y en qué partes del texto aparecen patrones estadísticamente asociados a generación artificial. No es un juicio moral — es un análisis técnico. Si el 90% del texto presenta esos patrones de forma consistente, el sello no se emite. Si aparecen en un 5% de los fragmentos de forma dispersa, la conversación es diferente.
Hay algo más que nos parece importante decir aquí. Un corrector ortográfico también modifica el texto. Un editor literario también reescribe frases. La diferencia entre una herramienta y una autoría sustituta no está en la tecnología que se usa. Está en quién toma las decisiones narrativas, quién construye los personajes, quién decide qué historia se cuenta y cómo. Eso es lo que intenta medir nuestro sistema. No si el autor usó alguna herramienta, sino si la voz y las decisiones son suyas.
No siempre es fácil de determinar. Pero es la pregunta correcta.
